De por qué me entiendo con esto que llamamos migración
Susana Vargas
Evaristo
Por circunstancias
-migratorias- de la vida, hace unos años fui a dar a Tijuana, Baja California,
lugar donde viví por 7 años, en ese transcurso, hice una tesis de maestría y me
adentré al mundo de la migración principalmente de pueblos originarios del
estado de Oaxaca. Allá anduve por los
campos agrícolas del Valle de San Quintín desde el 2002, vi cosas tremendas que
ya he descrito en otras partes, fue impactante observar la vida de hombres,
mujeres, niños y niñas en el contexto de los campos agrícolas, pero de eso no
voy a hablar ahora. Quiero hablar de cómo lo observado con las y los
trabajadores agrícolas y sus descendientes ha trastocado mi propia historia
familiar de migración.
Hace algunos
años, por azares del destino -migratorio- vine a dar a Oaxaca, acá en el sur la
vida es distinta que en el norte, para empezar las regiones de las que proceden
los trabajadores agrícolas de Oaxaca o Guerrero y que se instalan en el Valle
de San Quintín o en Madera, California, casi siempre están vinculadas con el
mundo agrícola, una marcada convivencia comunitaria, los vínculos familiares y
territoriales se estrechan, la vida política atraviesa a la convivencia cotidiana,
hay reglas y normas internas que atraviesan la experiencia de sus miembros.
Quizás podríamos llamarle identidad, a todas estas partes que conjugan la vida
comunitaria. Este término siempre resulta ser muy teórico pero en la práctica implica
-sobre todo- lazos estrechos con la vida que se aprendió en relación con los
otros (padres, madres, abuelos, familiares, vecinos, autoridades locales,
territorio, flora y fauna, ciclos anuales de fiesta y celebración, y un largo
etcétera). Estos lazos son parte del mundo de vida de lo que me hace ser “yo
mismo/misma” y a partir de ahí explico y entiendo lo que me rodea, también le
llaman subjetividad. Con todo esto que somos viajamos y nos trasladamos hacia
otros horizontes. Me gustaría poner entre paréntesis que todos y todas tenemos
el derecho legítimo de explorar otros rumbos, otras tierras, pensarnos de
manera distinta porque para eso tenemos el libre albedrío y si no fuera por
esta libertad, entonces la vida no tendría ningún sentido, cierro el
paréntesis.
La migración
entonces se convierte en un acto de ampliar los horizontes, de confirmar que
eso que narran y describen los otros que ya salieron del pueblo es cierto y que
también me puedo beneficiar de ello. Entonces salimos de nuestros lugares de
origen, de nuestras familias y nuestros pequeños nichos para reiniciar la vida
en otros territorios y latitudes, todos y todas quienes hemos migrado nunca
olvidamos la sensación de haber llegado a un lugar nuevo, el clima, la lluvia o
el calor, las personas, los olores, las emociones de ese momento nos quedan
impregnadas en la memoria corporal, luego, con el tiempo, las volvemos a rememorar
pero desde otro lugar distinto; ahora con más lazos, más arraigo y quizás hasta
con cariño al lugar en el que ahora vivimos.
Cruzamos por una
constante decodificación de los significados de las cosas, las palabras, los
gestos, más aún cuando se habla otra lengua como en el caso de los y las
migrantes que proceden de pueblos originarios, la vida se convierte en una
constante traducción del mundo, y comienza un gran proceso de aprendizaje que
es poco visibilizado por la sociedad más amplia. Para comenzar se aprende otro
idioma, en este caso el español, y hay quienes me han contado que tuvieron que
aprender otras lenguas originarias (además de la propia) para entenderse con
vecinos o con compañeros de la escuela. El mundo lingüístico se comparte y -en
realidad- se enriquece potencialmente. En el caso del otro lado de la frontera,
encontré testimonios de jóvenes quienes llegaron hablando su lengua materna
(mixteco, zapoteco o triqui) y paulatinamente fueron adquiriendo el español y
el inglés, hablamos entonces de procesos lingüísticos muy complejos. Algunas
lenguas se aprenden por la presión social y otras por una cuestión emocional de
convivencia con sus familiares y amigos, o por la necesaria socialización con
el barrio, cada una va adquiriendo matices peculiares. Ahí se va ensanchando el
mundo de las culturas y las identidades en un mismo espacio. Inicia un proceso
de deconstrucción de lo que somos y hemos sido, nos vemos con otras lentes y
nos descubrimos distintos y distintas, nos cuestionamos, a veces nos sentimos
de aquí y luego de allá, nos enorgullecemos de donde venimos pero también
queremos echar raíz en donde hemos decidido habitar.
Muchas veces he
escuchado en los relatos de las y los migrantes oaxaqueños que cuando estén
viejos regresarán a sus pueblos porque no comprenden la idea de ser enterrados
fuera de la tierra donde nacieron, también he visto en sus caras la alegría de
contar cómo son sus pueblos, las fiestas y la convivencia de allá de donde
vienen. Otros son críticos y saben que muchas cosas tienen que cambiar, hay
quienes no se cuestionan nada. Pasa de todo.
Lo real es que
vamos echando raíces silenciosas, vamos haciendo amistades, nuestros hijos van
creciendo y van sintiendo suyo ese espacio que para nosotros a veces es extraño
y otras veces es parte de nuestro corazón, pero vemos en las siguientes
generaciones cómo ese lugar les significa tanto y les da una nueva forma de ver
la vida, distinta a la de nosotros y nosotras, sus papás o mamás. Entonces
vemos que haber optado por el cambio fue positivo pero las historias son
múltiples y diversas, para nada se debe de pensar que aquí estoy “encapsulando”
todo lo que ocurre en los contextos en donde llegan las y los migrantes. En mi propia historia la migración ha marcado
el rumbo familiar, mis abuelas decidieron salir de sus pueblos michoacanos para
buscar una mejor opción de vida, un lugar dónde establecerse y ganarse la vida
con lo que sabían hacer. Quizás nadie hubiera querido dejar sus lugares de
nacimiento, a la familia, etcétera; hoy en día vemos que los motivos de las
migraciones muestran violencias múltiples, exacerbación de la injusticia que se
centra en ciertas poblaciones. No solamente hablamos de la movilidad para ganar
dinero como pudo haber ocurrido en otros momentos de la historia reciente de
las migraciones, sin duda el panorama ha ido cambiando y ha transformado el
significado de las movilidades para pensarlas más como huidas, exilios o
desplazamientos de miles de personas. Concluyo diciendo que la migración es un
proceso controvertido, complejo y diverso pero sigo creyendo que es un derecho,
más aún si la apuesta es por el cuidado de la vida.
Susana Vargas Evaristo es antropóloga, investigadora social y
docente. Licenciada en Antropología social (ENAH), maestra en Desarrollo
Regional (COLEF) y doctora en Antropología (UNAM). Sus intereses de
investigación se centran en la exploración de las historias de vida y los
procesos biográficos como herramientas metodológicas para comprender la
construcción de las subjetividades. A lo largo del tiempo ha observado el
potencial de contar la historia propia: rememorar permite resignificar los
acontecimientos de conflicto y transformación como nuevos puntos de partida
para la construcción de la persona. Ha realizado investigación con población
oaxaqueña en contextos migratorios con trabajadores y trabajadoras agrícolas,
así como en comunidades de origen con temáticas relacionadas a la educación
superior comunitaria, juventudes y las subjetividades políticas. Ha publicado artículos en revistas
científicas nacionales y latinoamericanas y próximamente se publicará su libro
Constelaciones Narrativas de discriminación y resistencia. Jóvenes oaxaqueños
en contextos migratorios. Publicaciones de la Casa Chata, CIESAS, México, primera edición 2021.

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