Número de lista: 19
(San Quintín)
“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”, es un dicho muy
popular, más en el Municipio de San Quintín. En la madrugada del 16 de marzo de
2020, desde las 3:00 de la mañana se alcanzaba a respirar, como otros días, el
aroma de café desde algunas casas de familias jornaleras. Mientras yo habría
los ojos y recordaba que cuando niña era la hora en que yo lo disfrutaba con mi
familia, mi papá me decía “Ande mija, levántese para irnos a trabajar, porque
usted tiene que aprender desde niña que el pan, los harapos y huaraches se
compran trabajando, no durmiendo”. Una década después me di cuenta de la razón
que tenía mi padre.
Era un nuevo amanecer, sin embargo, parecía como si
todos los amaneceres se repitieran del mismo modo: el tráfico reinaba sobre la
carretera transpeninsular como de costumbre. Aunque cada uno de los únicos dos
carriles que componen la carretera era del tamaño justo de un carro, la gente
no se quejaba, pues aquí la mayoría vemos más lo bueno que divagar en lo que
hay o no hay. Y como les decía, empezaba el tráfico con los camiones que
transportaban a los jornaleros, y carros particulares.
Todos hacíamos de nuestra vida de manera divertida,
monótona, rutinaria, algunos teníamos planes, otros haciéndolos sobre el camino,
pero todo se hacía por sobrevivir. En San Quintín, cada tarde disfrutábamos de
la belleza y esperanza que pintaba el sol mientras se sumergía en el mar del pacífico.
Yo me sentaba en el corredor de mi casa a esta hora a terminar mi planeación.
Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando, en la tarde, salió de la cocina uno
de mis hijos a preguntarme lo que estaba pasando y que si era cierto que no
habría clases al día siguiente. Sorprendida me levanté de la silla y le
pregunté a qué se refería, y me invitó a ver las noticias. Me fui a la sala y la conductora de televisión mencionaba
que “en algunos países del mundo
empezaba a enfermar y morir gente a causa de un virus muy contagioso por lo que
todos debíamos quedarnos en casa y evitáramos salir a menos que fuera de
extrema urgencia”. Mi familia y yo nos quedamos en suspenso, nadie dijo nada,
decidimos ir a descansar y esperar lo que pasaría al amanecer.
No podía conciliar el sueño de tanto pensar en lo
que pasaría, principalmente con mis alumnos, pero tenía que descansar, así que
traté de escuchar el canto de los grillos del jardín del patio y poco a poco
cerré mis ojos.
Al día siguiente desperté tarde, el calendario del
celular marcaba 17 de marzo, salí afuera a dar gracias al señor sol, se sentía
la tibia mañana que nos regalaba, pero aun así, los encuentros de las miradas seguían
en suspenso. Me fui a trabajar como de costumbre, intrigada de la información
que nos darían y lo que pasaría. Al llegar a la escuela, la Directora nos dio
la información de que las clases se cancelaban de manera presencial, hasta
nuevo aviso, por la situación delicada que se empezaba a vivir en el país y en
otros, referente al virus. Razón por la que se continuaría con las clases a
distancia, a través del medio más accesible de acuerdo al contexto del
alumnado. Después de dicha información, acudí a mi salón de clases a
explicarles del tema a mis alumnos y los retiré a sus casas. Iban saliendo
todos los alumnos, tristes y asustados por la noticia, algunos ya habían
escuchado la información a través de sus compañeros y padres, pero todavía no
alcanzaban a creer y asimilar la situación. Una alumna se esperó al final, la
alumna número 19 de la lista, se acercó al escritorio y me preguntó por qué el
virus era tan malo y si moriríamos todos al salir, yo le contesté que no, pero
habría que cuidarse mucho evitando salidas para no contagiarse. Entonces ella
me dijo:
—Tengo miedo, Maestra, tengo miedo por lo que está
pasando. Y yo sí quiero seguir viniendo a la escuela porque mis papás trabajan
todos los días, y mis hermanos y yo nos venimos a la escuela y aquí estamos
acompañados de ustedes; aquí nos dan almuerzo y en casa llegamos a comer y con
eso libramos el día. Dígame, Maestra, ¿qué haremos si es que dejamos de venir a
la escuela? Maestra, ¿qué haremos?
—Tranquila, 19 —le contesté—, tranquila, todo
estará bien, ve a tu casa, ya le avisé a tus papás, no te preocupes que todo
estará bien.
Mientras 19 se alejaba, no pude evitar de sentir un
nudo en la garganta, porque la verdad ni yo sabía lo que seguiría.
Así, se iniciaron las clases a distancia un 18 de
marzo del 2020. Fue un verdadero reto para mí, y para la mayoría de mis alumnos
fue peor porque no tenían teléfonos, los únicos que tenían eran los padres de
familia quienes prestaban a sus hijos sus celulares por las tardes al salir del
trabajo, porque todas las tareas y planeaciones se empezaron a enviar por medio
de las redes sociales. Algunos padres de familia de mis alumnos no contaban con
ningún dispositivo para mantener comunicación, y una de ellas era 19, por eso a
ella le entregué un cuadernillo. Pasó una semana y empecé a llamar a mis
alumnos para mantener comunicación con ellos, pero con 19 no conseguía la
manera de hablar, pasados los días, logré conseguir el número de celular de una
de sus tías, y le pedí de favor me comunicara con algunos de los papás de la
niña, pero me dijo que ella andaba cerca y le daría el teléfono para platicar
con ella.
—Hola Maestra.
—Querida, alumna 19, ¿Cómo estás?
—Verá, Maestra, por dónde empiezo…
—Te escucho, mija, aquí estoy.
—Verá: todo estaba bien en mi familia, por las
tardes nos reuníamos a comer, mis hermanos y yo compartíamos un plato de comida
y mis papás el suyo. Pero un día llegó mi padre con calentura y en lugar de
cenar como siempre, nos dijo que prefería descansar porque se sentía muy
cansado. Al día siguiente quiso levantarse para ir a trabajar pero ya no pudo,
su frente estaba muy caliente y desde ese día dejó de comer, así estuvo por
unos días en la casa, sólo tomando agua. Mi mamá lo quería llevar al médico
pero no tenía para el pasaje, apenas era miércoles y faltaban tres días para
sábado y hasta entonces le entregarían su cheque, a los vecinos no les pidió
prestado porque ellos estaban en la misma situación y desde que mencionaron ese
virus, todo mundo estaba temeroso de acercarse a alguien más. Pero dijo mi papá
que él se aguantaba porque era sólo una calentura, y así pasaron esos días.
»Por fin llegó el sábado, entonces mi mamá se
levantó muy temprano y se fue al rancho donde trabajaba a cobrar. Llegó a la
casa corriendo por mi papá, y se lo llevó al hospital, yo la acompañé, Maestra,
y cuando subimos al micro la gente se alejaba de nosotros abriéndonos paso,
mientras que mi papá empezó con la dificultad de respiración, y en la siguiente
parada bajó toda la gente y sólo nos quedamos nosotros tres con el chofer,
quien aumentó la velocidad y nos dio raite al hospital.
»Cuando llegamos, estaba lleno de enfermos la sala
de urgencia y fuera de ella. Yo me quedé con mi papá afuera y mi mamá entró
corriendo a pedir ayuda pero le dijeron que estaba lleno el hospital y que
esperara su turno, pero yo veía a mi papá cambiar de color poco a poco, mi mamá
le daba agua para que aguantara pero él decía que no le sabía a nada. Lo
hubiéramos llevado a otro hospital, pero ya no había más que ése, el que
atiende a la gente sin pedirles constancia de trabajo. Y ni como ir a un
particular porque mi mamá no tenía dinero, apenas lo que había cobrado... Por
fin, salieron dos personal del hospital cubiertos con un traje que parecía de
astronauta a recibirlo en una camilla. Al poco rato, en ese mismo día, le
pidieron unas cosas a mi mamá para comprar y en eso se terminó su sueldo de la
semana. Mis hermanitos se habían quedado en la casa, así que mi mamá se quedó
con mi papá y yo me vine a mi casa a cuidar a mis hermanos.
»Al llegar, estaban llorando de hambre, les preparé
un atolito de tortilla seca que había sobrado el día anterior, en la noche
tomamos agua con azúcar y nos dormimos contentos de que papá ya estaba en el
hospital y mamá con él.
»Al despertar, me levanté y calenté agua y para
darle sabor le eché azúcar, como le hacía mi mamá, lo acompañamos con unas
tortillas tostadas en las brasas. Al poco rato llegó mi mamá y pasó derechito
al cuarto, ella empezó a guardar la ropa de mi papá, y yo me acerqué para
ayudarla, ella me miró y soltó en llanto y desde ese día ya no volvimos a ver a
mi padre. Dice mi mamá que en el hospital solamente salió un médico y le dijo
que mi papá se había ido, que ya no regresaría más.
»Desde entonces, mi mamá se guarda su distancia de
nosotros, como le dijo el médico en el hospital. Y para obedecerla, mis
hermanitos y yo nos pasamos el tiempo dentro de nuestro cuartito mientras ella
está en la cocina moliendo y preparando agua con azúcar para que sepa mejor. Y
no se lo he dicho a mi mamá, maestra, pero el agua dulce, aunque le echa azúcar
a mí me sabe amarga…
Martina Rojas Nava nació en Metlatónoc, Guerrero, el 12 de mayo de 1984. Tiene una maestría en Educación e Integración Cultural. Jornalera, profesora, promotora de lectura, músico, traductora, actriz y escritora. Ha colaborado con textos en su lengua tu´'un sávi (mixteca) para la formación de contenido de libros didácticos. Actualmente vive con su familia en San Quintín, Baja California, donde desarrolla sus proyectos creativos.

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