No sólo de comer tiene hambre la gente
Yo tenía
seis años cuando llegó el primer maestro a Llano de la Rana, un pueblito
encajado en la Montaña del Estado de Guerrero, con unas galletas “Animalitos”
me convencieron mis padres para ir a la Escuela por primera vez; pero muy
dentro de mí había otra motivación: descifrar el contenido de los libros con
olor a madera vieja que mi padre guardaba entre sus cosas de algún lado y de
algún tiempo pasado.
No tardé mucho en aprender a leer con el
método silábico del profesor David, porque a partir de entonces olvidé los
quehaceres cotidianos de mi padre para pasar horas leyendo los libros viejos y
los nuevos de la Escuela. Los demás niños se burlaban de mí porque leía
cualquier tipo de papel que tenía a mi alcance. Al inicio no comprendía los
textos pero con leerlos me imaginaba personajes, objetos, mundos y épocas.
Seguido
venía el profesor a nuestra casa, por ser la única cercana a la Escuela, a
platicar con mi padre y yo aprovechaba para que me explicara algunos textos que
yo había leído. Mi padre se dio cuenta de mi pasión por los mundos imaginarios
así que por las noches, antes de dormir bajo la luz de las estrellas —porque
dormíamos afuera durante el verano—, nos contaba historias que él escuchó
alguna vez entre los pastores con los que trabajó de joven. Mis hermanos y yo
pasábamos horas de la noche platicando sobre esas historias, a veces
extendiéndolas, a veces cambiándolas y a veces transportándolas a nuestro
tiempo. Así que crecí entre historias de libros e historias contadas por mi
padre. Todo aquello hizo más agradable nuestra miseria, menos angustiante
nuestra jornada y más grande nuestra esperanza de un futuro mejor.
Actualmente vivo en San Quintín, Baja
California, y trabajo con
mis paisanos que vienen cada temporada desde la Montaña de Guerrero para cortar
tomates y pepinos. Y desde hace diez años tengo funcionando mi Sala de Lectura
donde realizamos lecturas tanto de historias de libros de CONACULTA como rememorar
los cuentos de mi padre y contárselos a estos niños que se quedan en los
cuartos mientras sus padres cumplen la jornada entre los surcos de las mallas
sombras e invernaderos.
En la vida y en mi Sala de Lectura he
aprendido que no importa cómo es el libro físicamente ni quién es el autor, lo
que importa es cómo contamos esas historias, pero sobre todo cómo las
traducimos al momento de contarlas ante un público monolingüe indígena. En eso
radica el logro de uno como promotor de lectura. Es fácil leer un texto, pero
darle vida a las historias, a los personajes, a los mundos que describe el
autor y, sobre todo, para un público específico, eso es lo difícil.
Y
en el transcurso de estas actividades que llevo a cabo me he dado cuenta que no
sólo de comer tiene hambre la gente, también tiene hambre de conocer el mundo,
de saber cuántos continentes existen, de conocer cómo vive otros grupos humanos,
de aprender cómo se saluda en otros idiomas, de entender por qué el 24 de abril
realizan el Ritual de Petición de Lluvia y a la mañana siguiente van a la
Iglesia a celebrar la Misa de San Marcos. Y mi logro no está en dar respuestas
a sus dudas ni satisfacer su hambre sino de compartir con ellos mis dudas y mi
hambre, y saber que somos, en las páginas de este mundo cruel, tan diferentes y
tan parecidos a la vez.
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