Coloquio en Morelia

Cuando recibí la invitación de ir a Morelia a participar en el Coloquio Programa Nacional Salas de Lectura “La lectura, el uso social y sus entornos” sentí gran emoción porque ya tuve la oportunidad de asistir a una edición anterior del evento en Nayarit y aquella ocasión representó una experiencia inolvidable como lector y promotor de lectura, por lo que en esta ocasión esperaba lo mismo.
     Mi esposa, de quien por trabajo me ausento pocas veces en la vida, me dijo que tuviera cuidado porque Michoacán es uno de los estados más violentos del país según los noticieros de televisión y el ejecutómetro del “El Almohadazo”, esto me puso nervioso porque hasta entonces no había reparado en aquella percepción, incluso no vi aquella noche “El Almohadazo” ni los noticieros. Aun así decidí asistir al Coloquio porque siempre me ha gustado conocer las situaciones por mí mismo, y esta no sería la excepción.
     El día miércoles 23 de julio tomé un camión a las tres de la mañana en la terminal de Lázaro Cárdenas —por cierto, no alcancé asiento hasta llegar a Ensenada—, y apenas pude alcanzar el avión en Tijuana. En el aire me volví católico recordando películas sobre tragedias aéreas, me persigné y dije algunas oraciones de la infancia cuando nos llevaban a la iglesia. Gracias a dios llegué con bien a Morelia, pero salí del aeropuerto paranoico: en todos miraba un secuestrador o un asesino sanguinario —como en las películas de Agustín Bernal—, de cualquier modo tuve que pedir un taxi para llevarme al hotel. En tanto estuvimos en la carretera comencé una conversación para dar a entender que iba a un Coloquio y que no llevaba mucho dinero. El taxista, por su parte, me dio a entender que no me iba a secuestrar.
     Una vez que me registré en el hotel se me entregó un paquete de materiales para el Coloquio, lo que incluía un programa que me encantó, porque aparte de participar en la mesa sobre “Lengua indígena” también iba a disfrutar una conferencia de Juan Villoro, uno de los escritores favoritos de mis hijos por escribir sobre el futbol, y mi favorito porque le va al Necaxa. Al día siguiente comenzó el evento y en mi mesa de trabajo tuve la oportunidad de conocer a 26 amigos indígenas de otros estados del país con quienes intercambié ideas, opiniones, experiencias y materiales para su futuro uso en nuestras salas de lecturas y/o en nuestro trabajo. Durante ese día leímos cada uno su ponencia y al finalizar abríamos espacio para comentarios y crítica. Carlos Antonio de la Sierra fue el moderador.
     Por la tarde asistimos a una charla con el michoacano Héctor Ceballos sobre La querencia al terruño, uno de sus libros. Al inicio pensé que había sido por la comida, luego pensé que era el chasquido que el autor producía con su lengua cada veinte segundos, después pensé que era por la repetitiva resonancia de la “e” antes de cada frase, pero finalmente concluí que el conferencista era malísimo. Fue el tema de la tarde. También debo comentar que esa noche coincidimos con los jugadores de los Monarcas en el restaurant y aproveché la oportunidad de tomarme fotos con Riascos, Pereira, Gómez y otro que no identifiqué, porque para mí el futbol y los libros son pasiones de toda la vida.
     El día 25 continuamos las mesas de trabajo, entrevistas y presentación de resoluciones. En la hora de comida me fui a comprar La gota gorda para pedir el autógrafo para mis hijos porque no me lo hubieran perdonado. A las seis de la tarde llegó el momento esperado: todos volteamos hacia la entrada cuando anunciaron a Juan Villoro. Fue una hora y media sin chasquidos, sin la resonancia de la “e” y sin el cansancio que produce la comida: solamente vimos frente a nosotros a un personaje libre de su vestidura de escritor y nos presentó a su yo lector, a su yo persona sencilla que posee una capacidad enorme de platicar y hacer reír, de contar anécdotas de su vida y de otros personajes de la historia. Al final le pedí foto y autógrafo como la mayoría de mis compañeros.
Posteriormente nos invitó el Presidente Municipal a una cena en su Palacio, en el camino programaron sólo para nosotros el Encendido de la Catedral de Morelia, con leyendas y juegos artificiales llegamos a la cena. Un menú exquisito y números artísticos magníficos nos condujeron la noche hasta las once y media. Uno de los momentos más inolvidables fue cuando el Secretario de Gobierno se negó a clausurar nuestro Coloquio, y creo que tiene razón, ningún evento de este tipo debiera clausurarse. 

Gracias a ICBC y a Paty Blake por la invitación. Gracias a mi esposa y a mis hijos por apoyarme siempre. Soy muy feliz.         

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