De por qué no debes leer
Cada vez que tomas un libro, el
atractivo visual que provoca la portada es inevitable; el título —bien pensado
por el autor— hace de la imaginación un deleite; luego el nombre del autor,
sobre todo si es el preferido de tu maestro, de tu mejor amigo o de tu artista
favorito, te impresionas con ese apellido de Saramago, García Márquez, Fuentes,
Neruda, Onetti, Paz, Kafka, Borges, Cortázar, etc.; lo empiezas a hojear y
llega a tu nariz el fresco olor a madera de esas hojas amarillentas. En ese
momento te sientes Monsiváis, te imaginas Villaurrutia, pero cuando pasas de
las primeras hojas y llegas a la página donde inicia el primer capítulo de la
novela y ves las letras pequeñas (si es un libro de poemas, lees el primero y
resulta incomprensible), es allí donde empieza el problema: lanzas un suspiro,
cierras el libro y lo acomodas entre los que de la misma manera habías
acomodado en una esquina de tu mesa, o en el librero.
Y tienes razón, para qué vas a leer si no te gusta. Lo que tú quieres es llegar a ser un profesionista (abogado, médico, administrador, miembro de la Guardia Nacional), además es lo que siempre te dicen tus papás y un buen hijo no desobedece a sus padres. Leer es de holgazanes —dicen algunos—, de gente que no tiene otro vicio mejor, que no tiene en qué invertir su tiempo libre, y tú leas o no novelas, cuentos o poemas, mientras cumplas con la tarea y asistas diario a clases, aprobarás el año escolar. Eso es más reconfortante. Tienes toda la razón si piensas eso. Leer es una forma de justificar la holgazanería —como dice Chumacero—, es pretexto para no ir a la plaza el domingo, es desobedecer los principios sociales de la familia.
Además, si te envicias con eso que llaman literatura no podrás parar: leerás libros, revistas, periódicos y todo papel que tenga algo impreso, hasta que también empieces a imitar unos poemas, unos cuentos y termines tu primera novela y eso constituirá una necesidad de leer todavía más y de pronto te des cuenta que tu vida está hecha de literatura. También tendrás inevitablemente la mala suerte de enterarte de todas las cosas del mundo: de sus problemas, de sus gobiernos, de sus enfermedades, de sus guerras, de gente que ni sabías que existía, de culturas que son diferentes a la tuya, de que probablemente no seas descendiente de Adán y Eva —como te repite cada domingo tu cura Nacho en la misa— y que es posible que seas un producto de la evolución, como propone Darwin; también tendrás dudas sobre el origen de la vida, y otras tantas cosas. Ante estas dudas te pondrás a investigar y te la pasarás en las bibliotecas y te crecerá el cabello, la barba, te olvidarás de cuidar tu imagen –eso dicen eh— y cargarás como amuleto el “Lobo estepario” de Herman Hesse en lugar de la “Biblia”.
A parte de todo eso, empezarás a criticar las costumbres de tu familia, de los vecinos, de la comunidad, del país; sabrás que vivir en el mundo es casi un castigo y no una bendición como lo dice tu abue, tendrás que comparar las religiones que existen en el resto del mundo con la tuya y sabrás que si no hubieran venido los españoles no festejarías la Epifanía ni el 12 de diciembre, todo lo contrario, adorarías a Tláloc, Huitzilopochtli, Quetzalcoatl y todos aquellos dioses que adoraron tus antepasados los aztecas.
¡Imagínate!
Dejarás de practicar tu deporte favorito por leer poemas de Quevedo, dejarás de ir con tus amigos a los bares por leer “La silla del Águila” de Carlos Fuentes, dejarás de salir los domingos con la familia por leer “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. Te olvidarás de los chistes de Pepito y el circular misterio de quién fue primero si la gallina o el huevo, que se cuentan en las bodas, cumpleaños y bautizos. Y tú no quieres eso, prefieres ver los partidos de fut-bol y la telenovela del momento que leer un libro. Prefieres seguir escuchando los discos de Enrique Iglesias y no perderte los memes del momento que ver Discóveri Chánel o escuchar canciones de Silvio rodríguez. Cuando entras a internet prefieres ir a féisbuc que cliquear en cualquier página de literatura. Prefieres una crema para las espinillas de la cara que comprar “La jornada”. Prefieres un par de tenis adidas y un yins liváis que comprar “El Quijote de la Mancha” o “Los miserables”.
Eso es lo bueno para ti.
Pero si a sabiendas de estas desgracias, decides sumergirte, aunque sea por instantes, en el mar, en el inmenso mar de la literatura, la membresía es gratis. Y lo más importante: descubrirás que leer también es un intento de disfrutar la vida.
Buena suerte, decidas lo que decidas.
Y tienes razón, para qué vas a leer si no te gusta. Lo que tú quieres es llegar a ser un profesionista (abogado, médico, administrador, miembro de la Guardia Nacional), además es lo que siempre te dicen tus papás y un buen hijo no desobedece a sus padres. Leer es de holgazanes —dicen algunos—, de gente que no tiene otro vicio mejor, que no tiene en qué invertir su tiempo libre, y tú leas o no novelas, cuentos o poemas, mientras cumplas con la tarea y asistas diario a clases, aprobarás el año escolar. Eso es más reconfortante. Tienes toda la razón si piensas eso. Leer es una forma de justificar la holgazanería —como dice Chumacero—, es pretexto para no ir a la plaza el domingo, es desobedecer los principios sociales de la familia.
Además, si te envicias con eso que llaman literatura no podrás parar: leerás libros, revistas, periódicos y todo papel que tenga algo impreso, hasta que también empieces a imitar unos poemas, unos cuentos y termines tu primera novela y eso constituirá una necesidad de leer todavía más y de pronto te des cuenta que tu vida está hecha de literatura. También tendrás inevitablemente la mala suerte de enterarte de todas las cosas del mundo: de sus problemas, de sus gobiernos, de sus enfermedades, de sus guerras, de gente que ni sabías que existía, de culturas que son diferentes a la tuya, de que probablemente no seas descendiente de Adán y Eva —como te repite cada domingo tu cura Nacho en la misa— y que es posible que seas un producto de la evolución, como propone Darwin; también tendrás dudas sobre el origen de la vida, y otras tantas cosas. Ante estas dudas te pondrás a investigar y te la pasarás en las bibliotecas y te crecerá el cabello, la barba, te olvidarás de cuidar tu imagen –eso dicen eh— y cargarás como amuleto el “Lobo estepario” de Herman Hesse en lugar de la “Biblia”.
A parte de todo eso, empezarás a criticar las costumbres de tu familia, de los vecinos, de la comunidad, del país; sabrás que vivir en el mundo es casi un castigo y no una bendición como lo dice tu abue, tendrás que comparar las religiones que existen en el resto del mundo con la tuya y sabrás que si no hubieran venido los españoles no festejarías la Epifanía ni el 12 de diciembre, todo lo contrario, adorarías a Tláloc, Huitzilopochtli, Quetzalcoatl y todos aquellos dioses que adoraron tus antepasados los aztecas.
¡Imagínate!
Dejarás de practicar tu deporte favorito por leer poemas de Quevedo, dejarás de ir con tus amigos a los bares por leer “La silla del Águila” de Carlos Fuentes, dejarás de salir los domingos con la familia por leer “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. Te olvidarás de los chistes de Pepito y el circular misterio de quién fue primero si la gallina o el huevo, que se cuentan en las bodas, cumpleaños y bautizos. Y tú no quieres eso, prefieres ver los partidos de fut-bol y la telenovela del momento que leer un libro. Prefieres seguir escuchando los discos de Enrique Iglesias y no perderte los memes del momento que ver Discóveri Chánel o escuchar canciones de Silvio rodríguez. Cuando entras a internet prefieres ir a féisbuc que cliquear en cualquier página de literatura. Prefieres una crema para las espinillas de la cara que comprar “La jornada”. Prefieres un par de tenis adidas y un yins liváis que comprar “El Quijote de la Mancha” o “Los miserables”.
Eso es lo bueno para ti.
Pero si a sabiendas de estas desgracias, decides sumergirte, aunque sea por instantes, en el mar, en el inmenso mar de la literatura, la membresía es gratis. Y lo más importante: descubrirás que leer también es un intento de disfrutar la vida.
Buena suerte, decidas lo que decidas.
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